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Como sobreviví a mi bebe llorón

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Esta es la historia, aun incompleta de cómo sobreviví a mi bebe llorón.

La hija mayor fue uno de esos bebes extraños que no dicen ni pío. No lloraba nunca, ni siquiera cuando tenia hambre o el pañal sucio, se limitaba a hacer una especie de ruiditos que no llegaban a ser llantinas, que eran los indicadores de que algo pasaba.

Mi madre llego a preguntarme preocupada una vez, si sería muda.

Casi no dormía durante el día, siestas de 10 o 15 minutos, pero estaba tranquila, mirándolo todo como si fuera una persona mayor. Las noches duraban al menos ocho horas desde que cumplió un mes, e incluso antes, y tomando pecho, no hacía más que una o dos tomas, de 10 minutos y se quedaba dormida otra vez.

Una vez le pregunté a mi enfermera de pediatría si era normal que un bebé durmiese tan poco. Yo tenía entendido que los bebés tenían que comer y dormir. Me preguntó si dormía bien por la noche y, al decirle que sí, me respondió que era normal, que ella se había regulado de esa manera y ya cubría sus horas de sueño.

Ni siquiera se ponía enferma, su primer antibiótico fue al comenzar el cole (benditos virus compartidos).

Básicamente era lo que diríamos “el bebé perfecto“. Y entonces llego ÉL. Así, con mayúsculas.

Desde el momento que decidimos tenerlo mi marido bromeaba con que nos iba a tocar un niño terrible, que la hija mayor había sido una niña trampa, para que fuésemos a por el segundo con ganas y darnos un zasca en toda la cara… Yo le decía que era una lotería y que igual que ella había sido tan fácil (porque buena se queda corto) podíamos volver a jugárnosla… Pero con nuestra habitual suerte en el juego paso lo que era de esperar, no nos tocó…

Prometo que desde el minuto cero hicimos (o pretendíamos hacer, la experiencia nos demostró lo contrario) lo mismo que con la hija mayor. Mismas rutinas de sueño y de baño, misma alimentación, mismo contacto físico… fue imposible.

La experiencia como padres “experimentados” no nos sirvió de absolutamente nada.

Ya desde que estaba dentro de la barriga era un niño inquieto (por decirlo finamente), y cuando salió siguió en su misma línea. Muy sonriente y feliz, pero sieeeeempre en movimiento, de día y de noche.

Primero como cualquier bebé, lloraba de noche para comer… luego comenzó a llorar por lo que creíamos que era el pañal mojado… luego por lo que creíamos que eran cólicos… luego por más hambre… luego por los dientes… luego por reflujo… luego por calor…. Luego por frío… luego por… luego por… Y así, logramos llegar a la conclusión de que simplemente lloraba. Daba igual cuántos problemas solucionaras, cuantos biberones dieras, cuantos pañales cambiaras, cuantas veces lo cogieras en brazos. Eran cuatro días malos y uno bueno. Luego siete días malos y dos buenos. Luego muchos malos y muy, pero que muy pocos buenos… Siempre volvía a llorar.

Y siempre de noche. De día era (es) un niño gracioso, feliz y de lo mas normal. Inquieto, si, pero supongo que como cualquier niño. Quizás en su momento nos quejamos mucho de eso por que veníamos de su hermana, que era demasiado tranquila, y también por que la falta de sueño nos quitaba a nosotros las energías (que no a él).

A la hora de acostarse, alguna vez -no muchas- se quedaba dormido tomando el biberón. Siempre coincidía que esas eran las peores noches, noches de las de dormir 2 horas en fragmentos de veinte minutos en veinte minutos. Luego comenzó otra rutina; tomaba el biberón y se desvelaba, y entonces descubrí que meciéndolo se dormía antes. Y con antes me refiero a que podía pasarme meciéndolo hasta 40 minutos, cosa que hasta los nueve kilos de niño no era complicado…pero de ahí para arriba…y noche tras noche…

Yo, que con la hija mayor y trabajando a jornada completa, tenia ganas de jugar con ella al llegar a casa y aun me sobraban tiempo y ganas de hacer repostería creativa, manualidades, ejercicio físico etc. me reduje a un saco de remordimientos, estresado y agotado, sin paciencia y muy pero que muy falto de buen humor.

Este nuevo estado físico y mental me obligó a reducir la jornada laboral a la mitad. O eso, o no disfrutar un solo momento de mi familia.

Y eso se lo tengo que agradecer a mi hijo pequeño. Sin él, nunca hubiera podido disfrutar de los placeres reales de ser madre; aun estaría viendo a mis hijos crecer, muy bien cuidados, pero por su abuela. Como dice el refrán, no hay mal que por bien no venga.

Volviendo al tema, como digo siempre, nos sentimos primerizos con nuestro segundo hijo.

Y esa sensación de que algo se te está escapando, que no puede simplemente llorar sin ser por ningún motivo preciso, se te va quitando de la cabeza a medida que el tiempo va pasando y te das cuenta de que da igual cuantos libros leas, cuantas experiencias de otras madres o consejos de pediatras escuches, cuando consigues relajarte y dejarte llevar por la situación, aunque la situación sea llegar a dar 6 biberones durante la noche, llegando a levantarte de la cama 16 veces… de repente un día te das cuenta de que han pasado 21 meses y que, así sin mas hace como 4 meses que duermes un poco mejor, y así sin más desde hace 2 son más las noches buenas que las malas.

No hay consejos, cada uno lo pasa dentro de sus posibilidades.

En mi caso yo creo que me ayudó mi optimismo y mi paciencia extrema, que descubrí que sólo funciona durante el día, y por las noches, de repente, aparecía la paciencia extrema de mi marido, que curiosamente solo existe durante la noche… doy gracias mil veces por esa paciencia en particular. También ayudó muchísimo mi “santa suegra”, que nos dejaba descansar del peque algún día entre medias de tanto agotamiento. Y llorar, llorar desahoga muchísimo. Y no sentirte culpable por querer regalar a la criatura de vez en cuando jejeje.

El cargo de conciencia pesa mucho, y ya tenemos mochila suficiente, no?

Y entonces crecen, y te das cuenta de que sobreviviste, que las noches que lloraste de desesperación, que tuviste que pedir ayuda in extremis, se van quedando atrás. Y vuelves a tener energías para jugar con ellos, para no enfadarte por tonterías. Y vuelve a pasar por mi cabeza la idea totalmente desterrada hace unos meses de tener el tercero (solamente por mi cabeza jajaja).

 

[dt_quote type=”pullquote” font_size=”normal” background=”fancy”]Ahora mismo nos estamos levantando dos o tres veces, tener 21 meses y estar sin colmillos es lo que tiene… pero ya no es un bebé, es un pequeño duende granuja y pillo, con la lengua floja, que hace que nos desarmemos todos con una sonrisa…[/dt_quote]

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